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El Cesto y El Agua

Un discípulo se acercó a su maestro y le preguntó:

  • Maestro, ¿por qué tenemos que leer las enseñanzas una y otra vez, si no conseguimos memorizar todo y, con el tiempo, lo acabamos olvidando? Estamos obligados a memorizar de nuevo lo que ya olvidamos.

El maestro no respondió inmediatamente a su discípulo. Se quedó mirando el horizonte, y después le ordenó:

  • Toma aquel cesto de junco, baja hasta el río, llena el cesto de agua, y tráelo hasta aquí.

El discípulo miró el cesto, el cual estaba muy sucio, y le pareció muy extraña aquella orden de su maestro. Sin embargo, obedeció. Tomó el cesto sucio, bajó los cien peldaños de la escalinata hasta llegar al río, llenó el cesto de agua y comenzó a subir. Pero como el cesto estaba lleno de agujeros, el agua se caía, y cuando llegó hasta su maestro, ya no quedaba nada.

El maestro, entonces, le preguntó:

  • Dime, hijo, ¿qué aprendiste?

El discípulo miró en dirección al cesto vacío y dijo:

  • Aprendí que el cesto de juncos no retiene el agua.

El maestro le mandó repetir el mismo proceso.

Cuando el discípulo volvió nuevamente con el cesto vacío, el maestro le preguntó:

  • Dime, hijo, ¿qué aprendiste ahora?

El discípulo respondió de nuevo con sarcasmo:

  • Que un cesto agujereado no retiene el agua.

El maestro, entonces, continuó ordenando a su discípulo que repitiese la tarea. Tras el décimo viaje, el discípulo estaba exhausto de tanto subir y bajar escaleras. Sin embargo, cuando el maestro le preguntó de nuevo:

  • Dime, hijo, ¿qué aprendiste?

El discípulo, al mirar el interior del cesto, advirtió admirado:

  • ¡El cesto está limpio! Aunque no retiene el agua, la repetición constante lo lavó y ahora está limpio.

El maestro, finalmente, concluyó:

  • No importa que no consigas memorizar todos los pasajes de los Textos. Lo que importa, en realidad, es que a través de ese proceso tu mente y tu corazón se mantengan vivos y puros.

 

Está parábola para mí, refleja de una manera muy acertada el trabajo que hacemos a través del Yoga.

Repetimos nuestra práctica de âsana, día a día, semana a semana, mes a mes, algunos incluso año a año (Yoga Sutras de Patañjali Capítulo II, Aforismo1 tapas).

Pero es necesaria la guía de un profesor/a capacitad@ que nos orienta a través de su experiencia y nos conduce hacia lo que es más adecuado para nosotr@s; también por nuestra parte, nosotr@s, como alumnos tenemos que hacer como el discípulo, confiar en el profesor y en la enseñanza, y a pesar de las dificultades que puedan surgir o no entendamos lo que estamos haciendo o nos propone el profesor, es imprescindible la confianza (I.20 shraddhâ) y abandonarse, entregarse a lo que uno está haciendo, sin esto no hay enseñanza posible, ni camino que recorrer (II.1 svadhyâya).

Y si confiamos, veremos como poco a poco, de una manera gradual, es decir, con el tiempo (I.14 dîrgha-kala) vamos eliminando aquello que nos impide ver nuestro interior (II.52 destrucción de los velos de la claridad), y así podemos conectar con nuestros corazones para que se mantengan vivos y puros (I.3 entonces el ser, de vuelta a la fuente).

Carlos Llorente González

Santiago Cogolludo Fernández
Santiago Cogolludo Fernández
Profesor de Yoga y de Yoga Terapia

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