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Mantas para el calor

Experiencia narrada por Fernando Bartolomé Zofío.

Octubre queriendo ser noviembre. Viernes por la tarde. Son las 20.15 y ya es de noche.

Entro en el Centro de Yoga para ver un concierto con cuencos tibetanos y otros instrumentos.

Veo a mi maestra de yoga y le pago la entrada.

Me descalzo en la salita de entrada y me quedo esperando a que finalice una sesión de meditación previa que hay en la gran sala.

Mientras estoy descalzo, rodeado de gente que no conozco, ojeando unos libros de Osho, el Dalai Lama y otros personajes relevantes de la estantería, seguramente con cara de pánfilo, me pregunto qué estoy haciendo en ese sitio en ese momento.

Mi mente quiere saber el programa de concierto. No entiende cómo se puede ir a un concierto, pagar una entrada y no saber qué es lo que se va a tocar, ni quién. Porque el “músico” es el maestro de yoga y yo no le conozco. Adiós a mis 6 euros.

Abro la puerta de la gran sala y siento un calor aplastante. La humanidad se concentra allí en forma de sauna mística. Hay esterillas por toda la estancia y una gente que sale, otra que entra y otra que se queda. Yo me acerco a la primera fila de esterillas y me aposento allí.

Mientras permanezco esperando, veo cómo el decorado cambia y un gran estante para instrumentos se coloca en el fondo de la sala y se van añadiendo platos y unos cuencos. La gente ayuda a colocarlos, parece ser que por tamaños. Los más pequeños parecen estar a mi izquierda y los más grandes a mi derecha. Debajo de cada uno se colocan unas bases que supongo ayudarán a que el sonido salga y no se ahogue por el suelo enmoquetado.

El maestro de yoga, el concertista, figura gigantesca que parece no inmutarse por nada, se coloca en el fondo, en el centro. Delante de él, y rodeándole por completo, están los cuencos; detrás, la estructura con los platos; a su lado, decenas de baquetas. Avisa al personal, que abarrota la sala, de que se trata de dejarse llevar, simplemente. Hay sonidos que pueden gustar y otros que pueden llegar a incomodar pero solo debemos observar, sin reaccionar, continúa diciendo. De la misma manera que nadie se ha muerto por no rascarse por un picor de oreja, nadie se morirá por una sensación incómoda.

Me recuesto, cierro los ojos, empiezan los sonidos y yo desconecto, aunque me pica la oreja.

Lo que queda fuera es una sala con luz difusa, unos 30 oyentes descalzos y tumbados, un calor humano importante, un concertista desconocido, instrumentos milenarios de percusión, el silencio y mantas. Muchas mantas sobre los cuerpo. Hace mucho calor…

Silencio. La música empieza. Yo en manga corta. Tengo calor. ¿Qué hago aquí?

Desde fuera, el sonido de un reloj, respiraciones profundas, sonidos de tripas, respiraciones cada vez más profundas, el sonido de un desagüe, un percusionista tocando infinidad de instrumentos, ronquidos, cuerpos yacientes, inmóviles y cubiertos de mantas, excepto el de un despistado situado en primera fila, que es el mío. Y todo esto se alarga durante más de 60 minutos.

Del sonido de los instrumentos se pasa al sonido de una voz humana que modula una especie de mantra “Shaaantiiiii himmmm”. El sonido cesa y los cuerpos empiezan a moverse. El concierto ha terminado.

El maestro observa sin hablar, y sin intención de hacerlo, y todos sentados mirando hacia él como hacemos a veces frente al televisor. Embobados. Alguien empieza a reírse descontroladamente. Los demás acompañamos. Parece como si fuera el bis de un concierto. Es un clásico que gusta a la gente y le deja un gran sabor de boca. Se intercambian unas palabras sobre la experiencia, el maestro da las gracias y la gente se va.

Desde dentro de nuevo, al despertar, ya no hay rastro de calor humano.

No hace frío, el olor es transparente, me parece conocer algo más a la gente de la sala. Yo siento frío y me encuentro abrazado a mí mismo y rodeado por el silencio.

No me acuerdo de la entrada, ni del programa de concierto; no me acuerdo de los ronquidos, del tic tac del reloj ni de si soy un desconocido o no. Sólo echo de menos una cosa: mi manta.

No entiendo lo que ha pasado pero me ha gustado.

Miro los cuencos enfrente de mí y no comprendo por qué esos objetos cotidianos han inundado mi cuerpo y mi mente de sensaciones.

Por una parte estoy decepcionado y por otra maravillado. Decepcionado porque unos meros instrumentos me han transportado a otro sitio y me han hipnotizado. ¿Esos objetos han provocado eso en mí? Por otra parte maravillado porque unos meros instrumentos me han transportado a otro sitio y me han hipnotizado. ¿Esos objetos han provocado eso en mí?

Como no puedo asimilar lo que ha pasado me rindo a la evidencia y me voy feliz entendiendo alguna cosa que otra. Las mantas no eran para el cuerpo. Eran para el corazón. Son la casa y arropan el interior. Mantas para el calor.

Los egipcios tenían un dicho muy elocuente: “Como es arriba, es abajo. Como es abajo es arriba”, refiriéndose a los diferentes planos de la existencia. Pero en este caso, y bajando a un plano más terrenal, no puedo decir “como es por fuera, es por dentro”. Quizás se ajusta más “como es por fuera es por fuera. Y como es por dentro es por dentro (y sólo uno lo sabe)”

Doy las gracias por lo que he vivido y me voy sintiéndome afortunado.

Fernando Bartolomé Zofío

Santiago Cogolludo Fernández
Santiago Cogolludo Fernández
Profesor de Yoga y de Yoga Terapia

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